Puentes Grandes: el ADN de una barriada habanera

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Por Yizzet Bermello
5 Jun 2013 - 1:06pm

Una amiga me repite todo el tiempo que vivir en Puentes Grandes es como vivir en un pueblo de provincia, y a mí, que vengo del interior de Cuba, quizás sea precisamente eso lo que más me gusta del barrio.

A pesar de su céntrica ubicación, y de que la comunidad ha quedado subdividida entre cuatro agitados municipios de La Habana (Playa, Marianao, Plaza y Cerro), quienes la habitamos sabemos de sus tardes sosegadas, de la costumbre de los vecinos más antiguos de tratarse como “comadres” o “compadres”, y de una añeja tradición que convida, en las noches más calurosas, a sentarse acera afuera y disfrutar de la buena conversación.

En Puentes Grandes he escuchado a muchas personas decir, con orgullo manifiesto, el “yo soy nacido y criado aquí”; me han invitado a cenas preparadas por un grupo de vecinos que comparten como si fueran familia, y he aprendido que el peor de los días puede cambiar si la viejecita de al lado te recibe a la vuelta del trabajo con una sonrisa y uno de esos dulces caseros que saben justo como los que hacía tu abuela.

No debes extrañarte tampoco si esa misma anciana, o la de la calle de enfrente, se sabe los nombres de todos tus amigos y lleva un calendario exacto de cada visita que recibes; el preocuparse por el prójimo, hasta un extremo que puede llegar a molestar a algunos, es su manera de decirte que formas parte de esta comunidad y que lo que te sucede también es importante para ellos.

Lo cierto es que no puedo negar que durante casi quince años este barrio ha sido mi refugio, el único sitio donde me he sentido a gusto tras una jornada luchando con la ciudad convulsa y despiadada. Un espacio al que siempre quería regresar.

Mirando desde mi azotea la geografía curiosa de su entorno, en la que alternan pequeños islotes de verde, que lucen como despegados del cercano bosque capitalino, junto a antiguas chimeneas de fábricas de todo tipo que hace ya bastante tiempo pararon su fragor; disfrutando de esos rasgos tan “provincianos” de quienes me rodeaban, me dije desde el primer día que Puentes Grandes bien se merecía estas letras.

Escribiendo, quería intentar explicar ese sentimiento de pertenencia e identidad que sigue caracterizando a la mayoría de los puentegrandinos, quizás no conscientes de que podrían ser agrupados bajo un gentilicio, pero muy seguros del “yo soy de aquí”, y del tu “eres de los míos”, que te otorgan una “otra” procedencia, y de alguna manera extraña te hacen sentir que el hogar se extiende más allá de las paredes de tu casa.

Hurgando en los genes originarios

Pocos lo saben, pero esta localidad del centro de la capital cubana tiene una historia de 385 años, en la que se asientan nombres de nobles familias que por allá por el siglo XVIII establecieron sus casonas de descanso en los alrededores.

El devenir posterior estuvo muy vinculado a dos famosas fábricas de cerveza y un incipiente desarrollo de otras industrias que fomentó la llegada a la zona de muchos emigrantes españoles o sus descendientes, decididos a echar raíces en un sitio que les garantizara trabajo honesto y sustento para la familia.

“Aquí la mayoría éramos iguales cuando llegamos al barrio y todo el mundo se esforzó mucho por salir adelante. Existió siempre una especie de confraternidad; nos ayudábamos unos a otros, hacíamos fiestas y celebraciones de todo tipo, existían dos equipos de fútbol y una especie de campeonato local que las mujeres apoyábamos. Fueron años lindos, de mucha unidad”, recuerda una de las vecinas que vivió un período clave en la gestación de este barrio en su versión más proletaria.

Entre los años 40 y 50 de la pasada centuria, quienes se asentaron en Puentes Grandes, tras conseguir empleo en cualquiera de las industrias cercanas (las famosas cervecerías La Tropical y la Polar, la papelera, la fábrica de hielo y la de chocolate, los tejares y hornos de cal, o muchos de los pequeños talleres que abrían por aquella época) se adecuaron de alguna manera a este “vivir y compartir” el barrio, que aporta otra identidad.

Para la comunidad, el río Almendares que la atraviesa y sobre el que se construyeron desde la colonia los puentes que le dieron nombre, significó desde el principio una especie de carta de triunfo que le garantizaba la prosperidad. De hecho, según reza en los más antiguos documentos sobre la historia de la barriada, el caserío primario estuvo vinculado con un ingenio azucarero establecido en estas tierras a fines del siglo XVI.

Aunque al dueño de esa fábrica de azúcar le golpearon bastante los ciclones y la crecida del río cercano, su proyecto fabril atrajo a muchos pobladores al lugar, en su mayoría trabajadores, y ya en 1762, cuando el sitio y toma de La Habana por los ingleses, Puentes Grandes aparecía con esa denominación en documentos oficiales. Existían además por aquella época en sus alrededores algunos molinos industriales.

Por entonces se comenzaron a robustecer los dos puentes (uno sobre el Almendares y el otro sobre el Mordazo, su afluente), con ordenanza incluso del capitán general de la isla, buscando mejores vías para facilitar la conexión entre La Habana, donde bullía la vida colonial, y su territorio occidental.

Surgió posteriormente en la zona la primera parroquia, que estableció su sede definitiva en 1817 con San Jerónimo como santo patrono, mientras en sus alrededores se comenzaron a construir fincas de descanso y recreo al estilo de las del cercano poblado del Cerro, entonces el municipio cabecera.

Aunque queda poca evidencia de aquellas casonas en el barrio de hoy, está claro que su asentamiento en los siglos XVIII y XIX contribuyó a darle valor a la localidad, y a identificarla como sitio de ocio, baños y descanso. Esa aura trascendió de alguna manera al Puentes Grandes actual, y a su relación de dependencia con los espacios verdes y la paz, con un tiempo más lento que el que se respira en el resto de la ciudad.

Un lugar para trabajar y vivir

Tal vez, en la propia existencia de los puentes y en su misión de conectar entre territorios, más el hecho de que se viera como un lugar por el que “se transitaba” hacia otro, se selló la vocación de sitio tranquilo de esta barriada, aún cuando ha crecido en los márgenes de una avenida bien transitada en la actualidad: 51.

Quienes se establecieron finalmente en Puentes Grandes para trabajar y vivir contaron además con increíbles espacios de recreación creados por las fábricas cercanas, a fin de garantizar el ocio de sus empleados.

De hecho, las familias se formaron entre ellos, o entre sus hijos, a partir de amoríos que surgieron en algunas de las fiestas que se celebraban en los Jardines de la Polar y La Tropical: romerías de todo tipo, cumpleaños, cierres de campeonatos de fútbol, casamientos, o grandes cenas para despedir el año.

“Casi no tenías necesidad de salir de aquí, las fábricas estaban muy cerca, los amigos y la familia también, los comercios, la iglesia, las festividades… sólo te movías fuera a lo necesario. Por eso las personas se conocían desde niños, crecían juntos”, me cuenta otra de esas ancianas que ha hecho toda su vida en la comunidad.

Así, por alguna razón que tiene que ver con sus orígenes, o con su propia ubicación dentro de La Habana, o con un deseo de quienes nos hemos ido incorporando a la comunidad, imbuidos por el querer preservarla que nos trasmitieron esas otras personas que ya la habían hecho suya, mi barrio sigue teniendo un alma muy provinciana, con mucho de camaradería y experiencia compartida, de chisme sano y tardes en los portales.

Seguimos siendo un asentamiento de proletarios, aunque la mayoría de las fábricas de la zona languidezcan ahora en un letargo que parece condenarlas al olvido.

No faltan aquí la taza de café compartida a través del balcón o la ventana, el juego de dominó vespertino o la algarabía de niños jugando juntos en la calle; no es raro tampoco escuchar sus discusiones y a las madres que salen preocupadas al portal para saber qué pasó. “No cojas lucha, comadre, los vejigos son así”, se suele escuchar entonces, y uno no puede menos que recordar el léxico de aquella abuela española que repetía una y otra vez que sin armonía no existía vecindad.

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