Osiel Gounod: Cada uno tiene su estrella

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Por José Luis Estrada Betancourt
14 Oct 2013 - 9:01am

Cuenta que toda la responsabilidad de que hoy sea bailarín es de su madre, aunque, apunta, a ella “le hubiera dado lo mismo si me convertía en músico”. Su objetivo, admite con una sonrisa el afamado Osiel Gounod, primera figura del Ballet Nacional de Cuba, “era que me hiciera un artista”.

“Fue mi mamá quien quiso asegurarme una plaza en la Escuela Vocacional de Arte Alfonso Pérez Isaac, de Matanzas. Si bien aprobé música, ella pensó que había demasiados muchachos optando por esa manifestación, y decidió que me examinara en ballet. No le importaron los tabúes. Prueba, me dijo, y si quieres luego te cambias en segundo año.

“Reconozco que al principio no me gustó para nada. Me lucía muy aburrido pararme en una barra todas las mañanas. A los nueve años eso era un castigo: debes hacer esto, los pies son rotados, el empeine apretado..., me exigían, y aquello era demasiado para mí. Hasta que un bailarín de Prodanza, que vivía cerca de la escuela, pasó por allí y nos enseñó unos videos de Carlos Acosta. ¡Nunca antes había visto ballet! Descubrir a Carlos fue como encontrarme a mí mismo. Por ahí empezó todo”.

¿Y la de Matanzas resultó una buena escuela?

-En Matanzas surgieron los cimientos de Osiel. Mis maestros fueron excepcionales, dedicados, responsables. Y también tuvieron mucha paciencia conmigo.

¿Es que eras muy intranquilo?

-Algo inquieto. Sobre todo en la escolaridad. Formaba parte de un grupo donde sólo había seis varones que, a decir verdad, éramos lo peor, la candela. Después quedamos tres, y dos pudimos llegar a la Escuela Nacional de Ballet (ENB). Con ellos pasé una parte esencial de mi vida. Con ellos trabajaba muchísimo en las clases de ballet pero también me escapaba al río en los turnos de escolaridad, a pesar de que mi madre me regañaba muy fuerte. “¿No se percatan de que están jugando con su futuro?”, nos decía. Sí, éramos un poco intranquilos, pero estudiábamos y salíamos bien en los exámenes.

Por eso aprovecho ahora para decirlo públicamente, aunque ella lo sabe. Quiero agradecerle a mi madre por su entrega y preocupación, por su amor constante; y a mi abuela, quien ya no está físicamente, porque fue el motor de arranque de mi carrera: una mujer excepcional, como lo ha sido toda mi familia.

Entonces, cuando entraste en la ENB, el ballet ya formaba parte de tu existencia...

-Definitivamente. Marqué mi propio camino desde que esta carrera me atrapó. Sucedió rápido, en segundo año, con diez u 11 años, época en que coleccionaba cuanto video de ballet me caía en las manos, a pesar de que estaba en Matanzas. No me perdía, bajo ningún concepto, La danza eterna. Los miércoles, a las nueve y cuarto, estaba Osiel frente al televisor, listo para grabar. El ballet se volvió un vicio para mí, a ello contribuyó mucho una amiga, Yaimí Mederos Moronca, quien desde los 12 años, junto a su familia, ha estado a mi lado estimulando el crecimiento de mi amor por esta excelente profesión.

¿Cómo te fue en La Habana? ¿Resultó muy difícil el paso de nivel?

-Entré en 2005. Y sí, para cualquier muchacho de provincia el pase de nivel es súper difícil, porque, como quiera que sea, en la capital las condiciones son más propicias para el desarrollo del ballet. En La Habana, además de que se suceden las presentaciones y puedes encontrar muchos referentes, si los padres se percatan de que sus hijos poseen algo elasticidad y empeine, enseguida los matriculan en un taller vocacional, pero eso no ocurre en los otros territorios. Y en nuestro caso temíamos, sinceramente, que no nos escogieran.

Luego, mi maestra de ballet, Erín Nieto, y la de los ensayos, Ana Julia Bermúdez, confiaron en mí desde el primer momento. Ya me conocían de cuando participé en un concurso mientras cursaba el cuarto año de nivel elemental. Ellas estaban convencidas de que podían sacarme algo, de modo que llegando a la ENB nos propusieron ensayar, a Dariela González y a mí, La fille mal gardée.

Desde los 15 años estuve interpretando La fille..., extrayéndole el máximo partido a su personaje principal. Luego vinieron otros pas de deux que fui haciendo míos, gracias a la entrega de maestras inolvidables como Normaría Olaechea, Martha Iris Fernández, Elena Canga, Ramona de Saá, la mismísima Mirtha Hermida..., mientras participaba en diferentes concursos nacionales e internacionales.

Cuéntanos de esos certámenes...

-Bueno, antes de entrar a la ENB no tenía ni idea de que existieran esos eventos internacionales. Por los videos conocí de Varna, Jackson, Moscú... Y no te niego que quería verme en alguno de ellos para medir la presión que se sentía. Me veía dándole glorias a mi país. Al mismo tiempo, notaba el empuje de amigos míos como Yonah Acosta y Yanier Gómez, cuyos éxitos me inspiraban a hacer más, más y más.

Como Yonah, participé en el Concurso Mundial de Ballet de Beijing, y como él obtuve medalla de oro. También estuvimos en Varna, donde conquisté la plata..., pero me pasé esos tres años de la ENB tratando de alcanzar el máximo reconocimiento en el concurso nacional e invariablemente ocurría algo. Bueno, el bailarín nunca llega a ser perfecto, siempre hay cosas que pulir, que mejorar...

Esa alegría me sorprendió en el último intento, cuando gané el Grand Prix, el oro y el Premio a la Mejor pareja. Tal vez mucha gente me conozca por mi quehacer en esas competiciones. Y yo he estado trabajando muy fuerte hasta hoy, siguiendo los paradigmas de Carlos Acosta, José Manuel Carreño, Joel Carreño..., para convertirme en un bailarín no sólo reconocido, sino también en uno realmente bueno.

¿Pero conociste la presión o los concursos fueron como tomarse un vaso de agua?

-¿¡Cómo un vaso de agua!? ¡De ninguna manera! Existe presión ¡y considerable! Porque uno va con la idea de ganar, de obtener un premio, aunque hay consciencia de que puede no ocurrir. Entonces, la presión se siente como si llevaras todo el peso del mundo encima. De ello fui muy consciente en Varna, donde competían más de 300 bailarines y en cada ronda eliminaban a cien. Es casi imposible que los nervios no te jueguen una mala pasada. Pero como uno había trabajado tan duro, entonces se llamaba a capítulo para que nadie fuera a pensar que, como se dice en buen cubano, te ibas a “rajar”, a “aflojar”.

Claro, también tenía a Ana Julia Bermúdez muy cerca: “Si has llegado hasta aquí, ha sido por ti mismo. Debes demostrarle a ese jurado que vinimos para hacerlo bien y para dejar el nombre de Cuba bien alto. Esto es pa´lante y pa´lante”. Esas palabras no se me olvidan. Gracias a ese impulso salimos airosos en Bulgaria. Porque en la segunda vuelta, mientras interpretaba Bayadera (pas de deux) resbalé en uno de los pasos intermedios de la variación.

Era de noche y bailábamos con un cansancio tremendo (estábamos levantados desde las 6:00 a.m. para ensayar) en un escenario sin linóleo, en un tabloncillo “pelao” y al aire libre. Ocurrió, y en una milésima de segundo pensé: Aquí se acabó todo, pero sentí el grito de Ana Julia: “¡Sigue, no te detengas!”. Me paré como un resorte y continué hasta el final como si nada hubiera pasado. Me quedó la preocupación de qué determinaría el jurado, pero es evidente que se dio cuenta de que no había sido por problemas técnicos.

¿Estabas seguro de que integrarías el BNC?

-Uno nunca sabe. Se han visto no pocos casos de buenos bailarines que no han podido formar parte de su nómina. Este es un arte donde lo estético, lo visual, determina. Por tanto, lo subjetivo puede incidir mucho a la hora de la elección. Sin embargo, luego te encuentras dentro de la compañía con bailarines incapaces de avanzar. No porque sean malos, sino porque no aman la carrera, mientras otros, que la adoran, que se han esforzado toda la vida, fueron vetados y dejados a su suerte, sin tenerse en cuenta sus trayectorias, sin antes darles la oportunidad de que prueben su valía.

¿Qué ha significado el BNC para ti? ¿Extrañas tu tiempo de estudiante?

-Todos los buenos momentos se extrañan, y la escuela fue espectacular. Extraño a quienes son mis amigos desde entonces, Yosvani Rodríguez y Pablo Antonio. Pero el Ballet Nacional de Cuba ha sido otra gran escuela. He enfrentado roles importantes que me han hecho crecer como artista y ser humano; personajes que me han obligado a estudiar, a preocuparme por aprender cosas que desconocía. Así es la carrera de un bailarín: nunca terminas de aprender. Incorporas conocimientos nuevos a diario, claro, si eres preocupado, si tienes interés en tu carrera.

¿Cuál consideras que fue el momento de despunte dentro de tu carrera?

-Bueno, cuando me dieron la oportunidad de interpretar al Alain de La fille... Un reto para mí, pues posee una de las variaciones más complejas que existen. Como si fuera poco, lo interpreté en dos funciones en las cuales también bailaba Rítmicas, con Verónica Corveas. Los maestros me preguntaban: “¿Crees que puedas con todo esto?”. Y yo respondía: “Señores, yo nací en Versalles, donde se hacen cosas mucho más difíciles (sonríe). ¡Vamos a hacerlo!”.

Después vinieron el bufón y otros roles de solista de El lago de los cisnes... Asumí muchos papeles secundarios y de cuerpo de baile en Coppelia, Cascanueces, Don Quijote... Hasta que apareció Sigfrido, mi primer gran desafío, que defendí con un dedo medio fracturado. Pero antes las adversidades uno debe crecerse.

Más tarde protagonicé La cenicienta, Don Quijote, Coppelia..., ballets como Canto vital y Tema y variaciones, que parece que fue concebido para “complicar” a los bailarines. Posee una música que eriza, pero no sé el problema de George Balanchine con Alicia Alonso e Igor Youskevitch (sonríe). De verdad que se las puso bastante difícil, como para que no pudieran sacarlo adelante, pero lo lograron, y después nos ha tocado a nosotros enfrentar tamaño reto.

¿Sueños?

-Mis sueños no han cambiado. No he querido ser “como”, pues cada uno tiene su estrella, su camino. Deseo ser un bailarín reconocido internacionalmente, y, sobre todo, continuar bailando en mi país, porque uno no puede perder sus raíces. Nunca.

¿Cuál es la fórmula de Osiel para enloquecer al público?

-No sé... Me gustaría imaginar que el público se percata de que detrás hay una entrega ilimitada, absoluta, un deseo de superación constante. Quizá también se deba al carisma, a la técnica... Te hablaba hace un rato de mi sueño de ser reconocido internacionalmente, pero olvidé decirte que no me complacería que ello sucediera sin antes haberlo logrado primero en mi país, porque me encantaría ser, como se dice, profeta en mi tierra.

Has viajado medio mundo, representando a Cuba con el Ballet Nacional, pero en tu corazón siempre está tu Matanzas natal...

-Amo esa tierra. Nací, como te dije, en el popular reparto Versalles, donde abundan las fiestas, el guaguancó, la rumba, el reguetón, las broncas y los abrazos, los paleros y los santeros... Todo mezclado por doquier, pero eso también me hizo quien soy.

Osiel, ¿algún ídolo?

-Carlos Acosta. Él es mi ídolo y lo admiro profundamente por su maestría, por su técnica impecable y ese don para captar la esencia de los personajes y comunicarla al público, que se queda fascinado cuando lo ve bailar. También por ese don de persona que tiene. No hay un día en esta vida en que no piense en su consejo: “Siempre mira en el cielo el límite”, y he tratado de llevarlo al pie de la letra.

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